viernes, 7 de mayo de 2010

Alfredo Torres, Brecha/1272,pag.29, 9 de abril de 2010.


Intimidad ensimismada
La serie de pinturas, dibujos, creaciones que conjugan ambos lenguajes, más dos o tres objetos, recibe el nombre común de “Hablo solo”. Una palabra poco usada define ese hablar solo: soliloquio. Es decir, un acto reflexivo en voz alta y a solas.
La implicancia de un monólogo sin escuchas parece claramente alusiva al singular paisajismo que ofrecen las imágenes, a la liturgia que las envuelve, a la disección cautelosa y distanciada de un espacio donde prospera la intimidad. Más allá de ese travelling secuencial ensimismado, surgen reflejos emocionales en quien contempla, en quien transita paisajes devenidos reconocibles, en quien los traslada a la historia propia. Ensimismamiento que instaura una curiosa representación narcisista, una meditación autoamorosa que no genera agonías y elige nutrirse en las coordenadas del paisaje recreado. Por cierto, un paisaje ajeno a las convenciones de dicho género, a los despliegues de la naturaleza. El paisaje es la cama. Los accidentes de su geografía, sus utensilios. Escenario y utilería que remiten a un ámbito privado, sustraído al dominio colectivo. Un lugar donde, pese a la presencia ocasional o asidua de otros actores, se vive un recurrente soliloquio. En él se padece o se goza, se vive o se muere, se duerme en calma o se sufren las contorsiones de malos sueños y desvelos.
Manuel Rodríguez muestra ese espacio de intimidad con un enfoque sorprendente, distante de obviedades y facilidades. Con una precisión narrativa que puede parecer desprovista de afecto pero no lo es, que puede parecer desolada pero tampoco lo es. Según afirma Alicia Haber en un muy buen texto curatorial, uno de los mejores que este cronista le ha leído, sábanas, frazadas, almohadas y otros objetos: “tienen importantes huellas, marcas, indicios, quiebres, plegados, zonas transitadas y depresiones. Son indicadores de vestigios de cuerpos, de juegos de presencias y ausencias y de acontecimientos. Contienen una historia, una evocación y un recuerdo aludido”.
Esas huellas, esos signos, se ofrecen con una visualidad prudentemente barroca, una sensualidad formal sorprendente, una austera exuberancia en la casi orográfica conformación de cada escenografía vital. Los títulos de esas escenografías no aportan demasiados datos, sólo sirven de referencia a quien los ha vivido, a quien ha decidido constituir un monologar solitario. Fijan, como una especie de archivo preservador de memoria. Marcan, a veces lugares, casi siempre fechas y horas. Ciertos trabajos aparecen sin título o se agrupan bajo la muy alusiva categoría de postales. Y se ofrecen, sobre todo, con una notable capacidad de relato. No se trata sólo de destreza técnica, de un destacable manejo de la pintura o el dibujo. Se trata de cómo la destreza y el manejo técnico convergen hacia una espléndida atmósfera alusiva. En ocasiones, mediante escenificaciones voluptuosas, en otras, con un tenue, perturbador desasosiego. Siempre con una sinceridad conmovedora. Ajenos a efectismos y grandilocuencias, aunque dentro de un registro de cautelosas aproximaciones operísticas, surgen los escenarios de una intimidad diseccionada sin prolijidad científica, con una revisión hermosamente vivencial. Dos ejemplos diferentes pero conjugados: una montaña blanca de sábanas y almohadas sobre fondo ásperamente dorado, y las almohadas y acolchados que se superponen revelando inesperados objetos. La serie de postales abriendo pequeñas ventanas a un territorio poético, tibiamente deshabitado, tormentoso y con la espesa densidad del placer entendido como combate. El único reparo: la presencia de almohadas tridimensionales e inertes, demasiado estatuarias. Ajenas a las espesuras tormentosas y apacibles de una vigorosa paisajística. n
Alfredo Torres, Brecha/1272,pag.29, 9 de abril de 2010.

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