viernes, 7 de mayo de 2010

Beto Olalde, AYD edicion#205, Marzo 2010, Uruguay








Manuel Rodríguez
Montevideo, 10-02-10, 05:35 PM
La obra de Manuel Rodríguez tiene por momentos la espontánea crudeza de las polaroid. No elige el momento trascendente y la composición tradicional, sino que parece querer fijar eternamente gestos y objetos cotidianos, en apariencia banales, pero lleva a reflexión sobre el vínculo entre lo público y lo privado y posee una gran fuerza poética que se nutre mayormente de la soledad compartida y del diálogo con la propia intimidad.
“Hablo solo”, la cuarta muestra individual de Manuel Rodríguez, se inaugura con curaduría de la profesora Alicia Haber el próximo 16 de marzo en el Centro Cultural de España de Montevideo y permanecerá abierta durante un mes. Una de las lecturas posibles de este título es que MR niega la posibilidad de diálogo con el público, lo deja escuchar lo que se dice a sí mismo, lo deja echar un vistazo a la intimidad de su cuarto, sin creer que su pintura de los objetos cotidianos y de las huellas que deja su lento evolucionar por ese espacio revele con claridad lo que está mostrando, lo que ese mundo significa en realidad para él.
La formación de MR comienza en San José, donde nació en 1980, en el taller de Mª de los Angeles Martínez. Aunque le hubiese gustado estudiar cinematografía, el costo de la matrícula lo desvió hacia Bellas Artes, donde cursó el taller de Héctor Laborde y se recibió de licenciado en artes plásticas y visuales. En 2005 se integra a la Fundación de Arte Contemporáneo, que le aporta un sentido crítico y una base conceptual, sobre todo a través del cuestionamiento permanente de las elecciones que realiza como artista, a la técnica que venía desarrollando con una destreza y un refinamiento cada vez mayores. Algunos de sus cuadros representan situaciones cotidianas en las que él o sus amigos más cercanos descansan en posiciones indolentes o llevan a cabo una acción común e introspectiva como fumar o leer. Revelan una mirada pop de la realidad, con encuadres emparentados con la fotografía o el cine, a veces con el día y la hora pintados con caligrafía digital en el ángulo de la escena. Esa misma actitud pop trasciende el cuadro y contamina el contexto de la obra: en su primera muestra individual en la escuela Nacional de Bellas Artes, en 2004, el catálogo era un globo rojo, inflado y con toda la información impresa, y en su siguiente muestra, en la colección Engelman-Ost, las pequeñas escenas hiper-realistas que exponía fueron reproducidas en postales que parecían querer confirmar su origen fotográfico y que fueron distribuidas masivamente a los visitantes. “En mi dormitorio tengo siempre una cámara sobre el trípode. Voy acumulando muchas imágenes, saco fotos, me las sacan a mí o la dejo programada para que se saquen solas, esa espontaneidad es la que me interesa” – dice Manuel en el catálogo de su muestra individual en el Museo de Bellas Artes de San José, en 2008. Y agrega: “Instantáneas que transgreden mi privacidad trasladándola a la esfera pública, con la intención de 'no decir nada', un discurso que busca el silencio, y que esconde una gran carga personal, como si fuera un diario de artista. Una obra autorreferencial con detalles e historias íntimas, momentos que ingenuamente introduzco en una senda que no sé a dónde conduce.”
Pero podría decirse, más allá de todas las reflexiones que genera, que la intimidad lo provee de una excusa para tratar el tema de fondo: la pintura. En sus cuadros Manuel realiza estudios de color y mezclas de técnicas que resultan de una meditada experimentación, al tiempo que “cita” de forma sutil composiciones y texturas de obras clásicas y contemporáneas, o emplea concienzudamente el dorado a la hoja como fondo, a la manera de los artistas pre-renacentistas. En el catálogo de la muestra individual en la Colección Engelman-Ost en 2007, Fernando López Lage decía: “La pintura es el medio que describe las situaciones, pero a la vez plantea desde la autonomía de la mancha y el color, un camino independiente que es el de la pintura misma, y que va más allá del parecido de los personajes con su realidad. Manuel trabaja desde esta premisa; la mancha de la pintura es un elemento fundamental, en algunos casos la protagonista absoluta, porque desde ella surgen las líneas de fuerza que definen la acción en la pintura”. Y como prueba de su pasión y de la dimensión histórica que entra en juego en su obra, dice Manuel: “Una vez que elegí la foto, comienzo a pintar. Entonces otro discurso más fuerte lo avasalla todo. Es el discurso de la pintura misma, con una historia que comenzó hace siglos y que tiene un único objetivo: una herramienta, un camino para responder a las grandes preguntas del mundo aún sin descifrar, aún sin leer por completo”1.
Gracias al “Artist residency program by d”, durante 2008 Manuel realizó una residencia artística de cinco meses en Zurich, Suiza. La experimentación que llevó a cabo tanto a nivel temático como técnico, desembocó en la serie que él denomina “paisajes” y que expondrá este mes en el Centro Cultural de España de Montevideo. Zurich, 9/5/2008, 09:39 AM es el nombre de uno de los cuadros creados durante su estadía en Suiza, con el que obtuvo el tercer premio del último Salón Nacional de Artes Visuales. El título indica el lugar, el día y la hora de la instantánea que sirve de base a la pintura. En él ya no hay presencias humanas, sino que a través de la representación de un lecho vacío en el que la mirada se desliza por los picos, hondonadas, pendientes y valles formados por las sábanas en desorden, la presencia humana y las maniobras del cuerpo que reposa están sugeridas pero mantienen, a pesar de su ausencia, un protagonismo evidente. Además, el juego de las escalas, que Manuel venía desarrollando desde antes al representar escenas de su vida privada en pequeños cuadritos que reforzaban su atmósfera de “historias mínimas”, sufre una transformación y se convierte en un juego donde el exterior invade el interior y se instala en el terreno de mayor privacidad: la cama. Su propia cama, donde persisten las huellas de la agitación nocturna, la de su propio cuerpo o la de otro, se deja recorrer por el espectador como un paisaje de montañas, el paisaje que rodea monumentalmente su pequeño mundo privado. Este juego de contrastes interior – exterior, íntimo – monumental es el motor que genera una buena parte de la serie “paisajes”. Pero la serie evoluciona y nos presenta una fascinante experimentación a nivel de color, en cuadros donde la paleta pasa del magenta y el naranja flúo al negro puro, creando un paisaje de sábanas encendidas como la lava. O son multicolores, componiendo escenas donde algunos elementos denotan la íntima relación entre reposo y trabajo, entre descanso y creación. Y también esconden detalles interesantes a nivel pictórico, mezclando el clima cinéma vérité con elementos totalmente ficticios como un fondo ausente o un color plano que asoma detrás de una textura hiper - realista. En el texto curatorial, Alicia Haber dice: “El paisaje de atrás es una ficción más de la pintura de Manuel Rodríguez; la realidad del arte – transmite el artista varias veces a través de su obra – no es la realidad de la naturaleza; la realidad del arte es creada por el pintor, es parte del discurso pictórico”.
En estos paisajes, las luces y las sombras y el efecto volumétrico están creados con tal habilidad, que el pasaje de la obra de MR a la tridimensionalidad parece natural. En su próxima muestra también veremos entonces “pinturas tridimensionales” de almohadas, realizadas a partir de la almohada real, flotando en el aire o semi-hundidas en un bloque blanco que parece líquido, como si emergieran del sueño o se sumergieran lentamente en una blanca inconsciencia.



Beto Olalde, AYD #205,Marzo 2010, Montevideo.

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